Los circos han llegado a la ciudad


Este año el casposo y decimonónico gobierno del Ayuntamiento de Sevilla ha desaprovechado de nuevo la oportunidad de posicionarse con una gran mayoría de la población y de seguir el ejemplo de otros muchos municipios de este país, y rechazar la presencia en su ámbito cultural de circos con animales salvajes. Y en esta Feria de abril han aprovechado la ocasión que les brinda la ciudad de Sevilla dos circos, para traernos a los sevillanos expresamente nuevos números con animales, reforzando incluso los que ya tenían.
En un ambiente tan favorable no es de extrañar que incluso hagan suyo el slogan con el que el propio ayuntamiento promueve ese otro “circo”, más parecido, eso si, al modelo del circo romano, cual es el espectáculo sangriento de las corridas con toros: Arte y Cultura, dos palabras que no se merecen estar asociadas a tan lamentables eventos.
Claro que quizá sea esa asociación entre tauromaquia y la dominación de fieras en el circo la que mentalmente se cruza en el cerebro de los dirigentes políticos de este consistorio –con honrosas excepciones me consta- a los que les cuesta vislumbrar otras formas de cultura más acordes con la sociedad del siglo XXI, más edificantes y educativas.
Al margen de la campaña protaurina, que no puede ser más ñoña, el arte y la cultura pueden incluir efectivamente a actividades con connotaciones negativas. Todo depende de la subjetividad de los que defienden mantener una cultura con valores ya superados como pueda ser el “arte de la tortura” (seguramente admirado por los torturadores) o por ejemplo, la prohibición del voto a las mujeres o las ejecuciones públicas (tan naturales por tradicional en nuestra cultura hasta hace no tanto).
Nuestra cultura, como el conjunto de ideas, conocimientos y comportamientos, evoluciona, y no arrastramos todo el acervo cultural de nuestros antepasados –afortunadamente-, rescatando para el futuro aquello que es bueno para la sociedad y el individuo e incorporando lo nuevo acorde al pensamiento y a la moral actuales. Ya nadie duda de que la violencia y la esclavitud (al menos para la mayoría) no deberían formar parte de la cultura de ninguna sociedad y de hecho es la acepción más positivista de esta palabra lo que queremos preservar como tal.
No pretendo que ahora erradiquemos de la noche a la mañana el especismo de la sociedad, un constructo tan arraigado que ha distorsionado la realidad del vínculo del hombre con los demás animales, y mucho menos de nuestros políticos actuales, tan imbuidos de las tradiciones, pero deberían, aunque solo sea por darse un toque de modernidad e, incluso pensando en su futuro político, dejarse llevar un poco más por los ecos de la calle y menos por los poderes fácticos de los sectores económicos asociados a la explotación animal. Ya no queda políticamente correcto, por injustificado, el argumento de la tradición y si lo que les preocupan son los puestos de trabajo y la reconversión laboral de estos colectivos, tomen nota de los verdaderos emprendedores y creadores de los circos actuales modernos. Hay bastantes ejemplos en todo el mundo en los que los artistas son los únicos que han decidido por si mismos ofrecer un espectáculo artístico circense. En los que no hay actores no humanos que no han dado su consentimiento para trabajar en el circo y encima sin nada a cambio nada más que sufrimiento.
No tengo la fórmula mágica para hacer el cambio y reconozco que no es fácil hacerlo de la noche a la mañana. Podrá haber resistencia al reciclado de los profesionales más dependientes de estos números y al resto convencerlos de que el cambio no atenta contra su seguridad laboral si se hace con inteligencia empresarial. Y los propios animales tienen una vida larga, por lo que habría que buscar soluciones para su jubilación circense y su ubicación en paz para el resto de sus días.
Pero lo que si está claro es que si tenemos en cuenta los problemas logísticos y dificultades legales que acarrea la tenencia y explotación de estos animales, no se entiende la rentabilidad de este negocio. Si pensamos en la larga lista de requerimientos que se precisan en comparación con la contratación de artistas humanos, que igualmente llenan los circos sin animales, no se entiende este empecinamiento. Y, por favor, que no me hablen del amor a sus animales como excusa, lo que en algunos casos podrá ser cierto, pero que en la mayoría son objeto de un mercadeo constante entre circos, empresarios de alquiler de animales y números, y algunos zoológicos.
Mantener y explotar a animales salvajes, implica primero la adquisición o cría; disponer de espacios mínimos adecuados cada vez más exigentes con las leyes de protección animal, con instalaciones y sistemas de seguridad para que no escapen o, según las especies, ataquen al personal o visitantes; un acopio de alimentos importante para mantener sus tremendos corpachones, atención veterinaria, limpieza de sus habitáculos y un sistema de gestión de los residuos, que si pensamos en los elefantes no debe ser “moco de pavo”; habitáculos para el transporte y vehículos adecuados, personal de mantenimiento y cuidado de los animales; personal de adiestramiento o doma, un plan de contingencia en caso de incidentes o escapes; seguros de responsabilidad civil, permisos de tenencia, ubicación temporal o fija y transporte; en definitiva necesita una infraestructura tremendamente compleja y costosa para emplazar en espacios urbanos unas instalaciones con animales que por su peligrosidad nunca estaría permitida su tenencia o exhibición a no ser que sea un zoológico.
La opinión pública ya aplaude a los circos sin animales y cada vez es más sensible a la información sobre el maltrato que supone el adiestramiento y manejo de los animales salvajes que aprenden por miedo a actuar contra su comportamiento natural. Cada vez hay que incidir más en dar visibilidad a la trastienda de los circos con animales. Informar sobre como funcionan estos espectáculos y concienciar sobre la vida que aquellos llevan y la que han perdido.
La falacia sobre el valor educativo de estos espectáculos para los niños debe ser desmontada con la verdadera información de cómo son estos animales, no con la pantomima de si mismos en los que los convierten y que nos muestran.
Es fácil mirar para otro lado y olvidarse de ellos una vez traspasamos la salida de la carpa. Al otro lado del telón la vida mínima de estos animales sigue oculta a la vista de la ciudad y de los políticos que se obcecan en perpetuar las tradiciones más obsoletas con inventos tales como su patético concepto del arte y la cultura. 
Sebastián López
¡DI SI A LOS CIRCOS SIN ANIMALES! 

Comentarios

  1. Es tremendo. Tu artículo me recuerda a un documental que echaron hace un tiempo en la 2. Os lo enlazo porque una imagen vale más que mil palabras:
    http://www.rtve.es/alacarta/videos/el-escarabajo-verde/escarabajo-verde-animales-circo-cuerda-floja/2530881/

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