La desconexión


Aunque tristemente hay personas que apenas experimentaron el contacto directo con animales durante su primera infancia, la mayoría de nosotros tuvimos la oportunidad de descubrirlos como una parte natural de nuestro mundo incipiente. Al menos con gatos o perros, u otras mascotas enjauladas, y los más afortunados con animales de granja. Frente a ellos la curiosidad pudo más que el miedo o la desconfianza, los tocábamos sin ningún pudor o recelo. Eran objetos blanditos, suaves, divertidos, apetecibles para el juego o el tacto.

Encuentros tutelados y alentados por nuestros padres y abuelos con la intención de enseñarnos algo bueno y positivo. Aunque aún muy temprano para sentir empatía o cariño hacia ellos, nos hicieron sentir bien a su lado. Eran parte de las cosas agradables del mundo.


Un poco más tarde, los descubrimos en los cuentos que nos leyeron, o en los dibujos animados, en pollitos, cerditos o vacas que siempre eran buenos y simpáticos, en todo caso victimas de otros animales salvajes que demonizamos pero que también fueron adorables peluches a los que quisimos con verdadero cariño. ¿Dónde quedó ese mensaje de protección y respeto que estos juguetes transmitieron, cuando crecimos?

Tener un animal doméstico de carne y hueso en casa fue el privilegio de unos cuantos que establecimos una verdadera relación de amistad, sobre todo ya en la niñez y adolescencia. Nuestro compañero peludo o alado no sólo era un juguete, también se convirtió en un compañero de juegos, en un amigo. Y, aunque con escasa asunción de la responsabilidad que esto conlleva, pasamos a considerarlo como alguien más de la familia.

Pero también empezamos a hacer una distinción. Había animales que vivían con nosotros y otros que no y a los que normalmente no les poníamos nombre. Nos enseñaron que la carne era buena y necesaria y que era natural que la obtuviéramos de esos otros animales que se criaban en granjas o se cazaban en el campo o en el mar.

Aprendimos que la muerte era parte del ciclo de la vida y que era natural que nos aprovecháramos de lo que nos animales nos daban con ella. Aprendimos en la escuela que hay unas cuantas cosas más que nos daban los animales, su leche, su pelo, sus huevos, pero esto parecía ser inocuo, nos lo cedían “generosamente” durante toda su vida. Y sin darnos cuenta ya no hicimos más preguntas.

Para la mayoría de nosotros la juventud trajo otras preocupaciones y, con la excepción de los que siguieron conviviendo con las mascotas de sus padres o crecieron en el medio rural, los animales pasaron a ser solamente protagonistas televisivos de documentales o aquellos seres que veíamos pastando felices en los prados cuando salíamos de excursión. El resto desapareció de nuestras vidas. Poco a poco y sin saberlo,… desconectamos.

Muy pocos nos preguntábamos que había entre ese ternero recién parido y que mamaba de su madre en la idílica imagen con un fondo verde y la ternera que nos ponían en el plato. Que sucedía antes de que ese huevo acabara en su envase en el supermercado o de que el beicon apareciera pulcramente plastificado en sus estantes. La industria se encargó de ello y nosotros dimos el consentimiento inconsciente.

Pero para otros esta desconexión tuvo un lado verdaderamente oscuro. Para los que tuvieron que vivirla de forma consciente y forzada. Es imposible sobrevivir al dolor que la empatía y la compasión, que son propias a la mayoría de las personas, producen al contemplar, e incluso infligir de forma continua, el sufrimiento de un animal.

Para aquellos cuya opción de vida los llevó al enfrentamiento diario con el proceso de producción animal, con su explotación, la desconexión fue un adormecimiento del alma, una lucha perdida contra la emoción. Claudicar ante lo que se sabe que no está bien. Perder el respeto y el propio reconocimiento de la vida. Olvidar su mirada, no verla. Contemplar un objeto.

Todo queda en el olvido y nuestro cerebro nos da permiso para tratar a los animales como productos que manufacturar, exhibir, explotar o como objetos de estudio o experimentación.

Pero es posible que al cabo de los años, no importa a que edad, tengamos un encuentro, un encuentro revelador. Una experiencia que nos conecta de nuevo. Puede ser la mirada de un perro, o un mugido suplicante o el contacto perfecto con la piel animal; o simplemente la visión del horror. Puede ser como el dolor de una herida que de pronto descubres o un lento despertar, pero siempre es doloroso.

Quizás ya has notado ese cambio o tal vez estás despertando ahora. Sientes que de nuevo estás conectado, que has restablecido el vínculo que por naturaleza nos une a todos los seres sintientes que compartimos la vida en la tierra. Y ahora te preguntas: ¿que pasó? ¿por qué no los veíamos, por qué nos alejamos tanto? ¿Cómo fuimos capaces de contribuir a tanto dolor?

Pero también sientes que todo está ahora bien, ahora que ya has completado el viaje que te alejó tanto de la realidad.

Acaso nunca desconectaste y entonces no comprendes la ceguera del resto del mundo, o tal vez todavía no ha llegado tu momento, y también es posible que la ceguera no se cure nunca, pero tengo la esperanza que algún día todos podamos vivir en ese Reino Apacible en el que el hombre no haga daño a los animales.

Sebastián López

(Texto inspirado en Peaceable Kingdom, el documental Jenny Stein)

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Comentarios

  1. De alguna manera esa conexión siempre ha estado en mí desde el momento en que de pequeña tuve contacto con animales de otras especies: patos, gallinas, conejos... Vi varias veces su sacrificio aunque por ser pequeña y por lo que la sociedad te va condicionando no tienes posibilidad de elegir. Pero ahora sí tengo la capacidad de hacerlo y lo mejor es que me siento super bien.

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    1. Me he justificado muchos años pensando que era normal y que hacíamos lo necesario para que los animales tuvieran una muerte digna y rápida, Después me he dado cuenta que me estaba engañando a mi mismo o simplemente lo aparte de mi mente. No quería saber los detalles.
      Afortunadamente, para mi ya no hay vuelta atrás, me he metido en su piel. Gracias Bebo, tu fuiste la conexión.
      Sebastián

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