“Yo tengo un campo”

Tras esta típica, y desgraciadamente frecuente, frase se esconde una realidad triste que muchos de los que nos hemos dedicado a la gestión de perros para su adopción conocemos bien. La realidad de un gran porcentaje de los perros que viven en el mundo rural en España.
Con una percepción similar a la que la mayoría de la población tiene de los animales que confinamos en acuarios, a los que creemos que les basta estar en el agua para llevar una vida adecuada a su naturaleza, sin preocuparnos mucho más acerca de sus necesidades básicas de desarrollo y comportamiento, es común la creencia de que un perro que vive en el campo, sinónimo de naturaleza, es plenamente feliz por el hecho de no estar en un medio urbano o rodeado de las paredes de un piso o una casa. Es como si comparamos el agua, vital para los animales que viven en el seno del mar o de los ríos, con el aire que respiran y el escenario salvaje en el que viven los perros en muchas fincas de nuestro territorio no urbano.
Como a cualquier animal, no les basta con tener satisfechas las necesidades de agua y alimento, ya sean peces, aves o mamíferos, necesitan del espacio vital propio de su especie,  oportunidades para desarrollar su comportamiento y condiciones adecuadas para mantener una buena salud física y mental.
El perro es un animal que hace tiempo estableció un vínculo estrecho con el hombre y además de ser social con los de su especie es sumamente dependiente de las personas. Cuantos perros he visto confinados en cercados o lo que es peor, viviendo al extremo de cadenas, condenados al exiguo espacio que su longitud permite. Y casi siempre solos.  
Son perros-ahuyentadores, perros-alarma o perros arrumbados que molestan en casa o que ya no se saben manejar. Algunos vienen de camadas de amigos o adoptados de refugios, y su destino ya era el de cuidar fincas, naves o ganado, era el de convertirse en una herramienta o un apero más del terruño. En vez de echarle gasolina al depósito, basta con unos cuantos granos de pienso tirados en el suelo y agua, y funcionan a la perfección para el fin designado.
La ignorancia y el saber popular han hecho y siguen haciendo desgraciados a muchos perros. El caso más típico es el de los mastines, perros con una vocación de guardianes de ganado que son criados para cuidar de fincas agrícolas o ganaderas, o de segunda residencia, que al no haber sido imprintados con el ganado se convierten en un peligro para los rebaños circundantes o de la propia explotación donde viven, por lo que acaban viviendo encadenados de por vida y en insalubres recintos y escaso refugio contra las inclemencias del tiempo. El contacto con humanos se limita a los momentos en los que hay que reponer el pienso y el agua.
Si desde pequeños se han criado en este menester es probable que no estén socializados con perros y personas y desarrollen un miedo muy apropiado para el objetivo que se persigue, disuadir a extraños con una agresividad defensiva. Ni de lejos saben lo que es un paseo o un mimo, y seguramente tampoco un veterinario. Otros que acaban en similar condición, es posible que hayan tenido una infancia más afortunada como perros de compañía o que vivieran al principio en libertad y en contacto con personas y otros animales, pero que ante sus escapadas estimuladas por la cercanía de ovejas u otro ganado, acaban siendo controlados… y la cadena es más barata que habilitar un cercado. La diferencia es que éstos se desvivirán por una caricia cuando te acercas a ello, cosa que normalmente no consiguen de propios y menos de extraños por la imposibilidad del contacto.
Pobres perros también los que, aún no viviendo encadenados, son apartados en alejados vallados añorando el regreso esporádico del “cuidador” y no solo por la renovación del alimento (que también) sino por el anhelado contacto y sin un solo reproche por su abandono. Son perros de casa que por la incomprensión y la falta de empatía de sus responsables humanos adquieren la condición de molestas criaturas para la convivencia diaria en un hogar y cual objetos arrumbados en un trastero acaban desterrados en el susodicho campo, supuesto “paraíso de los animales”. El mismo escenario, que a veces se restringe a escasos metros cuadrados, y la misma rutina se repiten día a día y afortunados serán si acaban con acompañantes de destierro.
Al menos los perros de caza que viven en semejantes circunstancias, gozan de unas horas de libertad y dan rienda suelta a las capacidades propias de su naturaleza, mientras sus amos dan rienda suelta a su placer de segar otras vidas. Y también se sentirán agradecidos por esos ratos compartidos sin echarles a la cara su abandono o el mal rato en la jaula del transporte o el encierro prolongado.
Seguramente envidiarían a los otros perros que vagan a sus anchas por las calles y campos de los pueblos y que por su pequeño o mediano tamaño obtienen el beneplácito de la ciudadanía o simplemente su indiferencia, pero que algún día pueden acabar con sus pequeños cuerpos tumbados en la carretera.
Pobres perros también los que viven en la variante semiurbana del “paraíso terrenal” de estos animales, ilustrada a la hora de adoptar con la frase “Yo tengo una parcela”. Perros que viven en urbanizaciones aparceladas más o menos ajardinadas y que son destinados a ser “perros-alarma” o “perros-timbre”. Son perros que viven solos casi todo el tiempo, al cuidado de un jardinero u otra persona asalariada y que solo ven a sus propietarios los fines de semana o en verano. O simplemente no verán nunca otro horizonte que el seto de su jardín; y por supuesto nunca entran en casa.
La supuesta panacea de vivir en un jardín proporciona la coartada perfecta para esas personas siempre ocupadas que creen que el hecho de disponer de césped y estar rodeado de árboles satisface todas las necesidades de juego, ejercicio y un ambiente natural saludable, cuando lo cierto es que a veces viven más estresados y abandonados que en una vivienda urbana.
En fin, pobres todos esos perros que caen en manos de personas que creen que el hecho de disponer de “un campo” o de una parcela, les capacita para proporcionar buenas vidas a los animales que adoptan en refugios o de camadas de amigos. Quizá no falte la buena intención en la mayoría de las ocasiones, pero si el conocimiento de sus necesidades reales y la preocupación por obtenerlos ya que la creencia es que el hecho de vivir en el mundo rural proporciona la sabiduría suficiente sobre seres que, al fin y al cabo, son sólo animales.
Pobres perros invisibles e ignorados, perros de campo pero sin libertad y desprovistos de lo más preciado para ellos, la vida social y el contacto humano. Una mano amiga, un gesto amable o una palabra cariñosa.
Si esto te ha hecho reflexionar y mirar con otros ojos a esos animales que durante nuestros paseos por los caminos rurales nos sobresaltan de pronto con sus ladridos al extremo de su cadena o al otro lado de una cerca, quizá aterrorizados por nuestra presencia o puede que pidiendo ávidamente una caricia con todo su cuerpo, te haga también desconfiar de aquel que con la intención de adoptar o salvar a un perro del abandono te comente “pues yo tengo un campo...”

Dedicado a Beethoven y a Moli

Sebastián López (agosto 2016) 

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